lunes, 20 de octubre de 2008

Ápices IX 2007

REDACCIÓN

Daniel Antoniotti
Daniel Capano
Susana Fernández Sachaos
Carlos María Romero Sosa
Raúl Lavalle


Dirección de correspondencia:
Paraguay 1327 3º G [1057] Buenos Aires
tel. 4811-6998
raullavalle@fibertel.com.ar







ÍNDICE


Daniel A. Capano. "Leonardo da Vinci, narrador de fábulas"

Elena Liliana Popescu. "Aquel momento"

Francisco Vázquez. "Voces de Castilla"

Lorenzo Stecchetti, "Italiano contra Italia"

María Graciela Romero Sosa. "Semana Santa"

RESEÑAS

Carlos María Romero Sosa.
"Los misterios del Rosario de Isabel
Puncel de Dumery"

Carlos María Romero Sosa.
"Horacio Turner; Desde Barracas
a lo absoluto"




"LEONARDO DA VINCI, NARRADOR DE FÁBULAS"
Daniel Alejandro Capano
"Lo que queda de un hombre es aquello
que su nombre hace pensar".
-Paul Valéry-
La figura de Leonardo descuella en el humanismo italiano y universal. Su ingenio creador e inventivo lo abarca todo. Más que a ningún otro intelectual se le puede aplicar el aforismo de Terencio: Homo sum: humani nihil a me alienum puto.1 El rey de Francia, Francisco I, manifestó expresamente su admiración por él al confesarle a Benvenuto Cellini que nunca había nacido hombre tan sabio. Con el vigor de su intelecto transita, con mayor o menor intensidad y frecuencia, el arte, la arquitectura, la ingeniería mecánica e hidráulica, la anatomía, la botánica, la zoología, la matemática, la astronomía, la filosofía, la literatura y hasta la gastronomía. Integra en su mente los distintos modos de conocimiento en los que se expresa el espíritu humano. Su ideal “pansófico –señala Eugenio Garin– se mueve entre los sueños de la magia medieval y las conquistas de la técnica moderna”.

Uno de los aspectos curiosos de su labor intelectual es el que lo muestra como escritor de fábulas, pensamiento y reflexiones morales sobre la vida, el amor y la muerte. El artista copió en sus Cuadernos de apuntes leyendas, fábulas y ciertos relatos humorísticos que se contaban en la época. Estos escritos tienen como motivación concederse un espacio de esparcimiento, como solían hacerlo los copistas medievales con sus glosas, que lo alejara por momentos de las complejas elucubraciones y de los intrincados laberintos a los que lo conducía el ejercicio constante de su razonamiento. Respecto de estos fragmentos, el propio Leonardo se dirige al interlocutor de la siguiente manera:
Todo esto forma una recopilación sin orden de muchas hojas sueltas, a la espera
de clasificarlas de acuerdo con la materia de la que tratan. Antes de llegar al
fin, creo que repetiré muchas veces las mismas cosas. Si esto ocurre, no me
critiques lector. La memoria no puede retener todas las cosas cuyo número es muy
grande. Yo no quisiera escribir lo que ya he dicho; pero para no incurrir en ese
error, debería releer todo lo pasado cada vez que agrego algo. Esto me ocuparía
largo tiempo, porque escribo fragmento por fragmento, y hay entre ellos largos
intervalos. (Leonardo da Vinci, 2003: 139-140).
Las líneas transcriptas nos revelan, a través del metatexto, un Leonardo preocupado por el lector, un escritor que tiene muy en cuenta su obra y reflexiona sobre el modo de componerla y presentarla. De todos los escritos misceláneos, nos interesan particularmente las fábulas. Muchas de ellas son tributarias de la tradición clásica grecolatina, de Esopo y de Fedro, y utilizan como temática común, la metamorfosis y los animales con características antropomórficas. Tienden a dejar una enseñanza moral, pretenden entretener y aleccionar a la vez. Numerosos relatos reconocen como hipotextos, no sólo cuentos de procedencia Oriental, sino también local, al Novellino y al Decamerón de Boccaccio.

En todos ellos se aprecia una tendencia lúdica, la intención de crear en la narración un juego literario. Así se presenta un Leonardo humanizado, que abandona la postura intelectual, si se quiere, hierática, para mezclar su pensamiento con cosas cotidianas, prácticas, banales. El Códice Atlanticus 2 recoge un conocido fragmento, relacionado con su condición de escritor, en el que el artista se queja:

“Sé bien que por no ser yo literato, algún presuntuoso creerá poder censurarme
con razón alegando que no soy hombre de letras. ¡Gente estúpida! Dirán que por
no ser literato, no podré expresar bien aquello que quiero tratar.”
(apud Guillerme, 7).

Se debe señalar que Leonardo sólo conoció los rudimentos del latín y que se dedicó a traducir al toscano términos de ese origen con el fin de perfeccionarlo. En algunos pasajes de sus escritos se encuentran ecos de Dante y de Petrarca, así como también de autores menos célebres y de escritores cortesanos. A modo de ejercicio, copió extensos fragmentos de la Acerba y de La flor de la virtud, textos que desarrollan una zoología fantástica, intensamente moralizante, que luego proyectará en sus fábulas y narraciones de animales.

El estilo con que estos breves relatos están escritos sigue, por lo general, las necesidades comunicativas del narrador. En algunos casos se advierte una forma de escritura sencilla, en otros, presenta una estructura sintáctica más compleja y a veces vacilante en cuanto al dominio expresivo.

Desde el punto de vista taxonómico, proponemos clasificar las fábulas de acuerdo con distintos criterios: l) en cuanto a la finalidad que persiguen; 2) en cuanto a los personajes participantes; 3) relacionadas con respuestas rápidas e ingeniosas. En cuanto a la finalidad, si bien la característica común de estos relatos es moral, se observa que algunos de ellos encierran una enseñanza que se distancia de lo estrictamente moral para dejar paso a un aprendizaje de tipo práctico, útil para el diario vivir, como por ejemplo, la fábula de “La hormiga y el grano de mijo”:
“La hormiga encontró un grano de mijo, que sintiéndose ya en su poder, le gritó:
- si tienes a bien dejarme gozar el placer de reproducirme, yo te devolveré
ciento por una –Y así fue hecho.” (Leonardo da Vinci, 2003:153).

Como se advertirá, la reflexión inteligente del grano de mijo deja una enseñanza práctica a la previsora hormiga, quien ve la ventaja de no destruirlo y asegurarse el alimento futuro. Si se observan los personajes que participan en las fábulas leonardescas, se verá que son de distintas procedencias, no sólo pertenecen al mundo animal (perros, gatos, ratones, halcones, mirlos, lechuzas, tordos, ostras, pulgas, arañas), sino también a otros reinos como el vegetal (sauce, olmo, higuera, ligustro) y el mineral (piedra); al ámbito humano (el ladrón, el mercero, el cura, el pobre, el señor, Mahoma) y al campo de los objetos (la candela, la marmita, el papel, la tinta, la navaja de afeitar, el campanario).

Veamos una breve narración en la que intervienen un mono y un pajarito:

Habiendo encontrado el mono un nido de pajaritos, se acercó a ellos muy contento, y como éstos ya sabían volar sólo pudo agarrar al más pequeño. Muy alegre, con él en la mano, regresó a su refugio. Y lo miraba atentamente y lo besaba; y con entrañable amor lo besó, zarandeó, y apretó tanto que terminó matándolo.
Sirva la historia para aquellos que, por no castigar a sus hijos, les hacen daño.(Leonardo da Vinci, 2002: 98).
En la elaboración de esta fábula participan dos personajes animales: el mono, que es actante y el pajarito que, en su rol pasivo, contribuye al desarrollo y cierre de la situación narrativa. Por otra parte, sobre el final, aparece una de las características fundamentales del género: el entimema moral.

Al tercer tipo, siempre de acuerdo con nuestra propuesta, pertenecen aquellas narraciones en las que la réplica aguda y rápida del personaje resuelve una situación. Tal respuesta encubre una reflexión que debe ser meditada, tal es el caso de “El dormilón”, que, conforme a las leyes del género, no es estrictamente una fábula, pero que en su estructura profunda tiene ese carácter:
“Le fue dicho a uno que se levantase del lecho, puesto que el
sol ya había salido, a lo que aquel respondió: ‘Si yo tuviese que hacer un viaje
tan largo y tantas cosas como él, ya me habría levantado y salido, pero teniendo
que recorrer camino tan corto, no me quiero levantar todavía ’”
( Leonardo da Vinci, 2002: 103).
Otro relato de este tipo es “El papel y la tinta”, que encierra, en breve desarrollo, una hermosa historia sobre la importancia de la escritura:
“Viéndose el papel todo manchado de la negrura de la tinta, se lo reprocha; pero
ella le replica que las palabras escritas sobre él serán motivo de su
perduración”. (Leonardo da Vinci, 2003: 147).
En todas estas narraciones el fabulista se revela gran observador del hombre y de la naturaleza. Sin duda que la fama de Leonardo no trascendió como escritor. La multiplicidad de sus intereses lo llevó a recorrer otros caminos que lo distanciaron de la ficción; pero, juzgamos, si nos atenemos a su enorme capacidad creativa, que de habérselo propuesto, quizá hubiese ocupado también, un lugar destacado dentro del panorama literario internacional.
Daniel A. Capano.
Bibliografía de consulta y referencia

BRION, M. (2005): Leonardo da Vinci, la encarnación del genio. Buenos Aires, byblos.
GUILLERME, J. y M. Th. Mandroux ( 1968): Leonardo da Vinci. Buenos Aires, CEAL.
MOMIGLIANO, A. (1954): “La prosa di Leonardo”, en Cinque Saggi. Firenze, Sansoni.
SHELAGH y J. Routh (ed.). (1996): Notas de cocina de Leonardo da Vinci. Madrid, Temas de Hoy S.A.
VALLENTIN, A. (2005): Da Vinci decodificado. Buenos Aires, Losada.
VINCI, Leonardo da. (2002): Pensamientos. Martorano di Cesena, Arci Solidarietà Cesenate.
_______________(2003): Apuntes de Cocina. Pensamientos, misceláneas y fábulas. Buenos Aires, Distal.


AQUEL MOMENTO

Unas palabras, te dijiste,
solo unas palabras, y creaste
una historia entera cuyo presente
ya es ayer, igual que mañana
será solo el pasado de quien
lo dejará atrás, perdido
para siempre.

Solo una palabra, te dices,
solo una palabra, y te acercas
en tu caminar al umbral insospechado
de lo desconocido, sin que te asuste
el pensar que eres y no eres tú,
desde el momento en que puedes ser
y eres…
Elena liliana Popescu[1]

VOCES DE CASTILLA

Tan grande territorio poseía,
que el monarca español y forastero
se gloriaba a los vientos altanero
de que jamás el sol en él moría.

Mas el reino de a poco se perdía;
aliose contra España el orbe entero,
y el rico convertido en pordiosero
pudo ver cómo el mundo se le hundía.

La lengua en vez cayó en arada buena;
por las altas montañas y lo llano
de vocablos quedó la tierra llena.

Y el imperio del verbo castellano,
donde el sol nunca cesa en su faena,
hoy dilata sus fueros soberano.
Francisco Vázquez [2]

SEMANA SANTA

Jueves Santo

Jesús Nazareno,
grande fue tu amor,
que antes de entregarte
para la Pasión,
en la Última Cena,
al saber que nada
seremos sin Vos,
te diste a Ti mismo
en la Comunión.

Para ser absueltos
de nuestros pecados,
pues somos tan frágiles
los seres humanos.
y transustanciar
el vino y el pan,
creaste el Sacramento
del Orden Sagrado
para que en tu nombre
consagren, perdonen,
nos den el consuelo
en la última hora,
prediquen al mundo
que el Dios Redentor
dio otro mandamiento
que es el del Amor.

Viernes Santo

¡Qué día tan triste,
haya lluvia o sol,
pues por mis pecados
murió mi Señor.

¿Cómo darte gracias,
Cristo Redentor,
que todas mis culpas
las cargaste Vos?

Si al menos pudiera
quitarte el dolor
de la indiferencia
del mundo de hoy.

Todo lo que quiero
es pedir perdón,
tratar de enmendarme
y darte mi amor.


Sábado Santo

Hoy, Sábado Santo
de meditación,
descansa en la tumba
tu Cuerpo, Señor.

Descansa María
en su soledad;
la Corredentora
de la humanidad.

La noche se aclara
con luz de verdad
y el Sábado Santo
de Gloria será…

Domingo de Pascua

¡Has resucitado,
no es vana mi fe!
Sé que de Tu mano
resucitaré.

Dolor y alegría:
Cruz, Resurrección,
este es el camino
de la Salvación.

La noche se aclara
con luz de verdad
y el Sábado Santo
de Gloria será…
María Graciela Romero Sosa
"LORENZO STECCHETTI, ITALIANO CONTRA ITALIA"
Raúl Lavalle

Los lectores de Virgilio, el excelso poeta latino del s. I a. C., conocen bien una parte de sus Geórgicas (poema sobre el cultivo de los campos) conocida comúnmente como Himno a Italia. En realidad ese título es ajeno a Virgilio, pero muchos editores así llaman a ese pasaje del canto II del poema (vv. 136-176). Dice allí que Italia no tiene arenas de oro en sus ríos ni bestias de tamaños y poderes descomunales, pero tiene la riqueza de la tierra. Rebaños, cereales, olivares, la vid y otros cultivos se desarrollan del mejor modo. El clima es suave (parecido al de la mítica edad de oro, porque hay una larga primavera; ver adsiduum, v. 149). Además de la feracidad en el campo y en sus animales, está el no menos fecundo labor, ‘esfuerzo’, ‘trabajo’ (v. 165), de sus hombres. Tiene mares, lagos y ríos; tiene también valerosos pueblos, además de los romanos señores del mundo. En suma, esta tierra protegida por Saturno, padre de Júpiter, es madre generosa de mieses y de héroes.

Ahora bien, hay un autor italiano que en uno de sus poemas no nos habla nada bien de Italia. Era Olindo Guerrini, más conocido por su nombre artístico Lorenzo Stecchetti (1845-1916). Fue poeta, prosista, bibliófilo y estudioso de la literatura italiana.[3] Cultivaba el verismo, el cual creo que puede notarse en el poema que transcribo.

NEERLAND

Vorrei stare in Olanda
Ad Harlem, a Nimega od a Groninga,
Perdermi nella pace veneranda
Della vita fiamminga.

Gli aranchi m’han seccato,
M’annoiano i gelati e il vin di Chianti;
I giornalisti poi m’han stomacato
E i frati zoccolanti.

Oh, questo sol di brace,
Quest’odio senza fin come mi stanca!
Datemi un po’ di nebbia, un po’ di pace
E una casetta bianca,

Una casetta, e il mare
Vicino all’uscio e cacio in abbondanza,
Una raccolta di bottiglie rare
E la santa ignoranza.

Oh, come i dì modesti
In quella dormirei pace profonda,
E tu, ragazza mia, come saresti
Grassotta e rubiconda!

Porterei le brachesse
Colla bonarietà d’uno scabino:
Tu m’accompagneresti alla kermesse
In cuffia e gamurrino.

Ivi seduti accanto,
Parleremmo d’amor tranquillamente;
La birra bionda spumerebbe intanto
Nel boccal rilucente.

Tu colla tua gioconda
Voce susurreresti una ballata,
Io succhierei con maestà profonda
La pipa smisurata,

E in quest’ozio sublime
Tabacco fumerei, non porcheria,
Non il pelo, gli stracci ed il concime
Della nostra Regia.

Là non ci son contese
Di neri, di scarlatti e di turchini;
Là nella sabbia del natio paese
Dormono i contadini.

Là nessun vi domanda
Impieghi, dividendi o beveraggi...
Oh, benedetti della mite Olanda
Pacifici villaggi!

Villaggi fortunati
Che non avete nè carabinieri,
Nè superbia di sindaci avvocati,
Nè preti cavalieri![4]

Se suele desear lo que no se tiene; dicen, por otra parte, que los nórdicos aman el sol de las tierras del sur. Nuestro poeta quiere en cambio un poco de niebla, junto con otros placeres arriba enumerados. Parece preferir la cerveza al vino (casi herético esto, en la mismísima tierra del Falernum y del Chianti). Fuera de mi patria, en ningún lado me encuentro mejor que en Roma, pero me parecen atendibles algunos argumentos de Stecchetti. Juzguen los lectores, aunque Italia tiene variedad de paisajes y de costumbres y hay bellas aldeas (uso una palabra árabe, para mantenerme equidistante de latinos y de germanos). A ellas no les llegaba el excelente tabaco que supo producir la sapiencia holandesa, pero sí un insuperable café.
Raúl Lavalle
"MISTERIOS DEL SANTO ROSARIO DE ISABEL PUNCEL DE DUMERY"
Carlos María Romero Sosa
En la Antología del soneto lunfardo, Luis Alposta, su compilador, demostró a través de numerosos ejemplos la predilección de los poetas del género por cultivar aquella clásica forma lírica original de Italia. Una predilección no unánime por cierto como que otros creadores populares, también con el vocabulario porteño a flor de labios, gustaron ejercitar diferentes metros y combinaciones estróficas, en especial la décima de antigua tradición española. Al respecto y sin pretensión exhaustiva alguna cabe recordar, precisamente, las Décimas en lunfardo que Evaristo Carriego publicó en la revista Policial, en 1912, bajo el seudónimo “El Barretero“, así como los encadenados versos octosilábicos de Alberto Arana, Miguel Ramón Franco, Juan Benigno Guardiola, Florencio Iriarte, Ivo Pelay o el uruguayo Fernán Silva Valdés recogidos por José Gobello y Marcelo H. Oliveri en Summa lunfarda (Corregidor, 2005).
Sucede que la décima, tan adecuada para la música de la milonga por su estructura, que bien puede rematar con sus consonancias (por ejemplo la estirada y resignada confesión de un presidiario como en la pieza Lanza Cabrera), viene de larga data, revalidando títulos y antecedentes en la poesía gauchesca y payadoresca, popular y culta, anónima y firmada. Así en el s. XX se destacaron los decimistas de tema nativo Eduardo Gómez Langenheim, Julio Díaz Usandivaras, León Benarós, Nicandro Pereyra, sin olvidar a Francisco R. Bello -poeta, ensayista y diplomático- con sus valiosas Glosas, por décimas al Martín Fierro.
Por de pronto la décima no apura finales como la copla, ni martillea en una sola asonancia como el romance; resulta ser cada estrofa un desafío a la variedad de las consonancias, desafío muy oportuno para narrar más que para insinuar y para argumentar antes que para quedarse en premisas. Así pues si no es hoy novedoso volcar en décimas -para el caso lunfardas- la inspiración poética, sin contar que existen ya antecedentes de décimas de carácter religioso como las que compuso José María Castiñeira de Dios en la obra De los tiempos del Eclesiastes (Corregidor, 1997), sí es en extremo original el hecho de hacer coincidir y cobijar en esa estructura formal, y con uso pero no abuso del léxico lunfardo, la ortodoxa catolicidad, la ternura sin cursilería, la devoción edificante y el tributo a la Fe no por su cuño reo menos auténtica. Tal el reciente logro de Isabel Puncel de Dumery en su libro Misterios del Santo Rosario que ilustró Beatriz Anselmi, prologó José Gobello y editó Marcelo H. Oliveri.
La autora, de extensa y laureada trayectoria y a la que no es ajena la expresión lunfarda en anteriores colecciones de versos como Desde el cuore, glosa en lenguaje nunca enredado y más bien disparado a la universalidad desde una asumida identificación lingüística sin oportunismos ni esnobismos, una corona sucesivamente Gozosa, Dolorosa, Gloriosa y Luminosa a ofrecer a la Virgen María.

Isabel Puncel de Dumery invita a orar a sus co-hablantes especializados de la Academia Porteña del Lunfardo y en general a los vecinos de su ciudad de Buenos Aires; pero al abrirse con ánimo comunitario a todos ellos, su oración cobra intimidad al contrario de objetivarse en un mero divertimento filológico. De allí la elección del idioma común a tantos semejantes que bien conoce la escritora por vivencias, afición y estudio. Y de allí también que su libro no represente una versión experimental más profesoral que sentida del Santo Rosario.

El respeto por el tema, su personal delicadeza y el instinto poético le permiten contar y cantar a la vez, sin ser infiel al canon religioso ni desentenderse de la música verbal, es decir sin agregar nada a la Revelación ni tampoco desafinar. Y sin embargo, entre esos estrechos carriles de la liturgia estricta y del verso medido, sabe poner la creatividad e imaginación necesarias para “aporteñar” el texto de los Misterios del Rosario sin que desentone la mención de Hebrón, Belén o Jerusalén entre el vocabulario orillero y tanguero con numerosas palabras escritas al “vesre”, quizá aquí como un símbolo de que siempre los Misterios Sagrados dan vuelta al más avispado. Por el contrario, va a proponer a las citas y nombres propiamente bíblicos el marco de la lunfardía, amansando su insolencia arrabalera e insuflando dulzura a los giros malevos:

Tuvo Gabriel la tarea
que el Señor le ordenó un día,
de ir a batirle a María,
doncella de Galilea,
la divinísima idea
de hacerla de su HIJO, drema.
Ella se vio en un dilema.
–¿Cómo ha de hacerse la acción,
si no conozco varón? –
El Ángel le aclaró el tema.
(La Anunciación, Primer Misterio Gozoso)

O bien:

Cuarenta yornos pasaron
Trasca su muerte expiatoria…
Jesús, en cuerpo de gloria
Se mostró a los que lo amaron,
Algunos de ellos dudaron
que era ÉL vuelto a la vida;
Tomás fue de esa partida,
y el mozo de Galilea
le ordenó para que crea:
– “Tus dedos poné en mi herida“–
(La Resurrección, Primer Misterio Glorioso)

En síntesis, las cuarenta décimas que componen Los Misterios del Santo Rosario muestran a las claras que no hay vía de escape del lunfardo hacia la trascendencia, si se busca estilizarlo y reglarlo desnaturalizándole en el trayecto la emoción y la picardía. En cambio, las estrofas de Isabel Puncel de Dumery vienen a habilitar aquí el encuentro con un otro decir, justo y diáfano, para que se exprese sin titubeos ni lagunas la bienaventurada “fe del carbonero”.

Carlos María Sosa Romero

"HORACIO TURNER, DESDE BARRACAS AL ABSOLUTO"
Carlos María Sosa Romero
Durante el cuarto de siglo de amistad con Horacio Turner, con menos frecuentación directa –es cierto que con periódicos intercambios epistolares de noticias y poemas–, aprendí mucho de él y sin embargo logré saber poco de su biografía. Será porque vivía con naturalidad la ética y la estética manifiestas en cotidianas actitudes de modestia y buen gusto y no era de atropellar a nadie con sus antecedentes curriculares ni de acallar voces ajenas con auto bombos. Ni siquiera fue egocéntrico en su poesía, en general intimista y subjetiva y que, más que conmemorar olímpicamente su pasado, evocaba afectos y desentrañaba causas lejanas del andar haciendo camino del autor, con la disposición y la prolijidad del que teje su propio abrigo.

De igual modo que los recuerdos gratos encienden el silencio sin estridencias, Turner cantó con sordina las vivencias y también así, a media voz, con lucidez pero sin “vanidad de pensar” según lo aconseja Kipling, se interrogó en versos enjoyados con imágenes sorprendidas como corazonadas por el absoluto. Sus sonetos; sus pareados alejandrinos; sus décimas a veces jocosas –ridendo castigat mores– como aquella tan original que le dictó el perverso corralito bancario de Domingo Cavallo y sus sucesores, que difundió por correspondencia entre los allegados; sus coplas y sus haikus –recogidos éstos en las plaquetas Miniaturas (2004) y Setenta haikus y una rosa (2004) firmada con su hija Liliana, también una delicada poeta–, demuestran que el denominado tono menor bien puede ser vehículo adecuado para la reflexión metafísica. Así escribió: “No estás solo; / en otra soledad / alguien te espera.”

Sin embargo, si bien ascendía con naturalidad a filosofales “temores y temblores”, sus versos no llegan al filo de las certezas o de los cimbronazos religiosos. En diálogo confidencial reconocía sentir nostalgia del don de la fe, real angustia por ambular “sin saber si es su Dios aquél o éste”, y ello en un tiempo cuando resulta prestigioso proclamarse agnóstico. El cuidado y la afición que mostró por las formas métricas en nada limitó la fuerza y el vuelo del mensaje que deseaba trasmitir. Tampoco tropezó con los ripios de la rima fácil ni cayó en la tentación de sustituir la inspiración, la intención y la tensión por el automatismo del oficio literario. En cambio, con calibradas armas estilísticas y lingüísticas, apuntó y acertó al blanco de las resonancias espirituales y al centro de la fantasía lírica nunca reprimida ni encarcelada en sus poemas, como que “no parecen elaborados porque están desnudos de artificio”, de acuerdo con el juicio de María Angélica Cichero de Pellegrino vertido en una aproximación critica a su obra, incluida en el volumen de ensayos “Eres tiempo sin tiempo”[5].
Aunque conocía y le interesaban a nivel teórico las vertientes poéticas vanguardistas, no adhería a ciertos modos expresivos de muchos colegas en las letras y amigos en la vida. Si en el campo del arte no basta la autenticidad para forjar una voz personal y no alcanzan los rasgos distintivos para ser original y menos aún revolucionario, puede decirse que en Turner la circunstancia de subordinarse a ciertos cánones poco usuales en el presente significó en mucho –sin sospecharlo él– un acto de docencia que enriqueció y abrió perspectivas a más de uno de sus lectores –y escritores en ciernes– en Clarín, La Prensa, El Día de La Plata o en las revistas El Hogar, Maribel, Mundo Musical, El abejorro, entre otras publicaciones.
No era un academicista irreducible adherido a las formas clásicas; quizá fue sólo un intuitivo conocedor de su propio registro que no llegaba a la atonalidad de la deconstrucción o del nihilismo estético. De sus estrofas se desprende, sobre todo, la fidelidad al sentimiento que no admite modas y que él encauzó en un lirismo sin hipérbole, contenido y al que le eran ajenas la cursilería y la vulgaridad. Un lirismo situado entre el neo romanticismo de la Generación del 40 –a la que perteneció por edad e inquietudes– y las influencias de Héctor Pedro Blomberg y el boquense Francisco Isernia en su prolija mensura de lejanías: “Hay norte, sur, hay este y hay oeste / y en ellos soledad no compartida / que se enreda en la sangre dolorida / apostando a vivir aunque le cueste” (Indefinida brújula). Ello sin olvidar otras características suyas determinantes como asociar tensiones interiores y paisajes exteriores; acallar el asombro en un estilo con pocas interjecciones exclamativas; animarse a la serena contemplación y hasta manejar cierto sustento raigal con resonancias de un Ricardo Molinari o un Juan L. Ortiz.
Con ingeniosa resolución dio otra vuelta de tuerca al tema del registro de la propia muerte que en su hora y de manera antológica abordara Roger Pla en el poema libre “Relato”, recogido en el libro Objetivaciones (1982). Horacio Turner en El ángel desvelado, un soneto endecasílabo, muestra más una paradoja que una narración de corte fantástico: la muerte como supervivencia entre agonías, despojamientos y negaciones y su forma de experimentarla desde una dimensión vitalmente esperanzada y no desencarnada: “Hoy he muerto otra vez y vivo empero / entre grave ceniza dolorida; / enigma inexplicable el de la vida: / matarme cada vez y verme entero. / Mi barro es mazapán de un alfarero / que modela en la bruma su partida / y si un duende de olvido es quien olvida, / velo a un ángel dormido al cual espero. / Cuando un ángel demora toda suerte, / la tácita alegría está en la muerte/ y, aunque es extravagante este consuelo, / si en sustentar un día más hay duda, / otro ángel desvelado es quien ayuda / a levantar el corazón del suelo.”

***
Horacio Turner nació en Buenos Aires un 20 de diciembre de 1917 en Barracas, el barrio de las devociones en Santa Felicitas y otrora una zona de recogimiento en sus quintas o tal vez en el caserón con mirador de Río Cuarto al 1300 –antes calle Salsipuedes y después Santa Rosalía[6]–; la finca con “ventanas que daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales”[7] atribuida a la aristocrática familia venida a menos de Alejandra, en la ficción novelística de Ernesto Sábato. Aunque ya más industriosa que residencial en la segunda década del siglo XX, Barracas habría de mostrar cierto pintoresquismo arrabalero durante los años de la infancia y adolescencia de Turner, más o menos coincidentes con los de Enrique Horacio Puccia, venido al mundo en 1910 y con el tiempo el mejor cronista barraquense posible. Extendía la barriada su geografía urbana y su ecléctica arquitectura de zaguanes y puertas canceles a través de esquinas traicioneras, potreros futboleros, despachos de bebida y conventillos con patios contenedores de miserias y esperanzas, lleno su aire con nieblas del Riachuelo de música de tangos y milongas: el Sur, más una línea recta hacia la melancolía que un punto cardinal. Y aun mejor: un plano inspirador para Luis Bernstein, el autor de los tangos Don Goyo y El abrojito y para los artistas plásticos Marino Pérsico, Marcos Tiglio, César Carugo (el Pintor de la noche) o Aurelio Canessa, de quien Alberto Mosquera Montaña suele recordar su Gran Premio de Honor del Salón Nacional, su vivienda y atelier situados en la calle Vieytes 1567 y sus alféizares visitados por palomas.
Alguna vez viajero a Europa e infractor del mandato de aquel proyectado Decreto de Macedonio Fernández: Prohibido irse de Buenos Aires –sobre el cual anotició Enrique Fernández Latour[8]–, en rigor la condición de porteño marcó a Turner en forma mágica antes que trágica. No en vano su personalidad retraída y con rasgos del Hombre que está solo y espera retratado por Raúl Scalabrini Ortiz, bien que sin el asedio “de las maneras sin vínculos de la soledad” que cantara con tono elegiaco Francisco Urondo a finales de los años ’50. Aunque como correspondía a su condición ciudadana era un avezado cultor del lunfardo y un apasionado del fútbol, en el plano del carácter debe recordarse su fino humor y, propiamente en el de la conducta moral, su caballerosidad a carta cabal y la disposición para dar espaldarazos y hacer gauchadas.
Su resguardada intimidad en el hogar que había fundado con Dominga “Mimí” Gioia y su recogimiento en la casa familiar de la calle Migueletes 1845, y en el rincón preferido del living atiborrado de cuadros y testimonios de su trayectoria, no le impidieron involucrarse en actividades de bien común y participar en instituciones deportivas y culturales como el Club Excursionistas de Belgrano y el Ateneo Popular de la Boca, fundado por el escritor e historiador Antonio J. Bucich en 1926, al que prestó singular dedicación.
En lo que respecta a su literatura, sin duda de ese mismo temperamento porteño devino cierto sencillismo temático suyo muy fernándezmoreniano y que sin embargo no desactivó ninguna inquietud esencial, ni la ansiedad por “…saber la verdad insondable/ oculta tras los muros enormes de la vida” que desvelara a su admirado José González Carbalho. Hasta tal vez haya obrado como metáfora de tal sencillismo –a verificarse sobre todo en sus creaciones de arte menor–la composición y el diagramado de sus poemarios sucesivos: Acentos para tu nombre (1950), En el sur de la espiga (1954), En la urdimbre del pulso (1960), Coplas para algún tiempo (1975), Tiempo de elegías (1979), Rayuela innumerada (1982), Las monedas del llanto (1987), Alba para el recuerdo (1988), El ángel desvelado (1989), Conversaciones (1990), Esquirlas (1992), La rosa de papel (1993), Impresiones (1994), Pulso compartido –sonetos y tankas– (1995), En nombre de la flor (1997), La cárcel del soneto (1997), Lágrimas (1998), Mi lettera (1998), Unidad (1999), Versos olvidados (2000), Perfiles conjugados (2002) y Setenta haikus y una rosa, todos de factura artesanal, artística tipografía y tirada limitada. Ilustró los dos primeros títulos Rafael Ortega Castilla y los restantes lucen dibujos lineales de Rosa Rancati. Será de consignar que ambos artistas fueron sus antiguos compañeros de trabajo en la joyería Escasany, donde Horacio obtuvo su jubilación; y que a los libros así compuestos amorosamente por su mano bien pudiera corresponder un epígrafe de Federica Rosenfeld: “Cada poema impreso en negro, sobre una mancha blanca, como un ala.”
Murió el 6 de julio de 2006. De su bajo perfil y falta de oportunos u oportunistas contactos resultó que no se difundiera la noticia en los diarios. Incluso las publicaciones donde colaboró olvidaron dispensarle el artículo necrológico merecido.

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En lo personal le debo especial gratitud por la generosidad y la cordialidad, actitudes que trascienden la mera cortesía, que me dispensó siempre. No precisaba visitarlo para sentirlo próximo. Nos había vinculado antes de la Guerra de las Malvinas el comediógrafo, periodista y dirigente socialista José Armagno Cosentino y a poco nomás integró mi nombre a un volumen de sonetos, del que era antólogo. Luego compartimos mesas redondas y otros actos culturales, como en septiembre de 1999, en el recinto del Ateneo Popular de la Boca, la presentación de la novela Me llamo Laura de la profesora María Angélica Cichero, una obra que él prologó y yo epilogué. Y también con Turner y con el diputado Héctor Polino redactamos y suscribimos las solapas y la contratapa de Palotes en el horizonte, una recopilación de los escritos póstumos de Armagno Cosentino ordenados por Amalia Llanos, una lúcida y esforzada militante socialista.
En el año 2001 participó en una obra sobre mi madre[9] con una página valorativa de sus cuentos, comedias y villancicos. Una vez editada saludó su realización con un soneto que por supuesto conservo y que comienza expresando: “Qué bellísimo logro el homenaje / de este libro con vocación de cielo / y labios solidarios de consuelo / entre versos de cálido lenguaje./” En reciprocidad le agradecí con otro soneto incorporado a las paginas de Pueyrredón y Las Heras y Adyacencias en tono menor (2005) el envío de sus Setenta haikus y una rosa.
Hasta las festividades de fin de año de 2005 llegó a casa su acostumbrado calendario plastificado que lucía al reverso un poema de su autoría con deseos de prosperidad. En abril último conversamos por teléfono, sin imaginar yo que nos despedíamos. Ahora con Enriqueta Muñiz, Isabel Dumery, Judith Gómez Bas, la recitadora Celia Ghermek, Matilde Belluscio, José Gobello, Marcelo Intili, Antonio Requeni, Héctor Miguel Ángeli, Antonio Soletic, Aldo Lazzari, Jorge Meré y el pintor José Capria, entre otros amigos comunes, solemos memorar a Horacio Turner y recordar sus versos en toda ocasión que se presenta, puesto que ninguna inmortalidad requiere solemnidades.
Carlos María Romero Sosa
2 Tras la muerte de Leonardo (1519), diez de sus manuscritos fueron encuadernados por el escultor Pompeo Leoni y ordenados en dos colecciones: una científica, el Códice Atlanticus, llamado así por su formato, que será donado a la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y otro de carácter más artístico, integrado por fragmentos extraídos de las hojas precedentes y reagrupados en páginas nuevas, que actualmente se conserva en la Biblioteca de Windsor. El Códice Atlanticus es la colección más importante de dibujos y notas científicas de Leonardo. Está integrado por dos mil dibujos de carácter científico y técnico, aproximadamente, además de epístolas, notas, reflexiones y otros escritos. (Guillerme, 28).

[1] La autora es poetisa rumana actual. Sus versos expresan una gran profundidad; uno de sus temas permanentes es la meditación sobre el tiempo. Copiamos la traducción española de Joaquín Garrigós.
[2] Me permito copiar lo escrito por mí en otro lado: “El autor, argentino contemporáneo, es escritor y músico. Compuso música de cámara y sinfónica, interpretada en diversas salas de la Argentina y de los Estados Unidos. Su pluma ha dado novelas y poemas; desarrolla también intensa actividad intelectual como defensor de la pureza de la lengua castellana, en artículos periodísticos y de difusión varia.” Agradecemos a Francisco Vázquez el habernos permitido publicar este poema, que rinde justísimo homenaje a la grandeza y cultura de nuestra lengua. En especial, destaco la imagen de la simiente, pues el español es una lengua latina, y cultura es un vocablo, como siempre recordamos, de origen campesino. [R. L.]
[3] http://it.wikipedia.org/wiki/Lorenzo_Stecchetti .
[4] Cito de: Lorenzo Stecchetti. Le rime. Bologna, Zanichelli, 1916, p. 104.
[5] Buenos Aires, SEPA, 1988, pp. 61-70.
[6] Cutolo, Vicente Osvaldo, Buenos Aires: Historia de las calles y sus nombres, tomo II, Buenos Aires, Elche, 1988, pp. 1029-1030.
[7] Sobre héroes y tumbas, Buenos Aires, Sudamericana, 1970, p. 40.
[8] Enrique Fernández Latour, “Macedonio Fernández candidato a presidente” y otros escritos (con carta-prólogo de Jorge Luis Borges), Buenos Aires, AGON, 1998, p. 19.
[9]Testimonios y antología de Lía Gómez Langenheim de Romero Sosa. Cuentos, Comedias y Poemas, 1939-1999, Buenos Aires, Ateneo Popular de la Boca, 2001, p. 117.

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